La otra noche, viendo una de romanos que echaban por la tele, reflexionaba yo sobre la grandeza del lavaplatos o lavavaijillas en comparación con la lavadora. No me negarán vds. que no han notado nunca en sus carnes la diferencia radical que hay, sobre todo cuando estás viendo una de romanos en la tele, entre que termine de lavar el lavaplatos y que termine de lavar la lavadora; hay, dentro de la teoría de las organizaciones, quien pensaría que los procesos a los que nos somete la lavadora son farragosos, costosos y hasta a veces redundantes, amén de insuficientes, mientras que los procesos del lavaplatos o lavavajillas son siempre suficientes en sí mismos, o casi, según. Me explico. Acaba la lavadora de lavar y entonces... hay que sacar la ropa ¡completamente húmeda!, llevarla a otra parte, más o menos distante, tenderla en cuerdas, esperar unas horas, recogerla de las cuerdas... ¡plancharla! ¡doblarla! ¡clasificarla! y ahí en todo caso acaba el proceso. En cambio ¡oh alegría! acaba de lavar el lavaplatos o lavavajillas, y basta con abrir la portezuela para que salga el vapor acumulado, y en pocos segundos platos vasos cubiertos y cacerolas están perfectamente secos, tendidos y planchados, listos para ser clasificados en los armarios. ¿No es esto hermoso?