¿Quién no ha oí­do alguna vez en los toros comentarios como estos? "Yo soy muy tolerante, pero a mí­ un negro que no se me acerque mucho; yo soy un liberal, pero que no me entere de que el novio de mi hija es moro; yo soy un demócrata y por eso me sacan de quicio los del PP" Y así­, del mismo tono, se oyen comentarios hasta en la mesa.

Yo voy por lo de la tolerancia. "¡No lo tolero más!" grita el padre furibundo ante el enésimo suspenso de su hijo; "¡Es intolerable!" exclamamos ante 20 minutos seguidos de anuncios en mitad de la peli del sábado; "Tengo intolerancia a los lacteos", se queja, triste y pálido, el adolescente urbanita.

De modo que tolerar parece que sea aguantar, de mala gana, aquéllo que el destino nos echa encima, y sólo hasta el punto de lo tolerable, rebasado el cual pasa a ser intolerable, como el dolor intenso, el mal olor o la presión fiscal. Así­, el tolerante, que se pone medallas por tal, es el que al negro, al moro, al ultra, al beato, al heterodoxo, al vecino en definitiva lo aguanta (como el Cí­clope la Tierra) con gran esfuerzo, sabiendo que como se pase al lado de lo inadmisible o intolerable lo arrojará fuera, de donde nunca debió venir.

La tolerancia en polí­tica consistirá entonces en despreciar dulcemente no al adversario, sino al vecino que votó por una opción distinta de aquélla por la que votamos nosotros (¡creyendo que eso es algo, añado!); mira, yo soy muy tolerante, de modo que te permito que tiendas tu ropa en mis cuerdas cuando yo no las esté usando -parece que les perdonamos la vida a los tolerados. Pero no les creemos. Nunca les comprenderemos. Sólo desearemos que no se meen fuera del tiesto, que no se salgan de su carril, que no jodan nuestro modo de vida. Tolerar es ignorar. Yo soy muy tolerante: paso de tí..

La tolerancia religiosa alberga muchas formas curiosas. Nuestras abuelas, en el pueblo, llevaban pañuelos en la cabeza - y nuestras madres también, para protejerse del sol - y sabemos que las monjas se cubren de los tobillos a la cara, aun en privado, pero no toleramos que las jóvenes musulmanas, o las niñas árabes, vistan con un pañuelo o chador, porque vemos en un trozo de tela el símbolo de una opresión contra la que por otra parte no estamos dispuestos a hacer nada más que eso, quitar pañuelos. Pero de puertas adentro que hagan lo que quieran, dijo el tolerante. Vemos como tolerante la actitud del que "permite" la existencia en su barrio, en su ciudad, de mezquitas, de iglesias evangélicas, de templos mormónicos, de sinagogas: perdón, si toleramos nos estamos situando muy por encima, de nuevo les estamos perdonando la existencia; nos parece intolerante, en cambio, la actitud del que admite que piensa que él tiene la razón y los demás no, o que él lleva el camino recto (orto doxos se dice en griego) mientras que los demás caminan por senderos equivocados y distintos (hetero doxos), cuando en realidad éste no se dice tolerante, y quizá sea capaz de mirar a los ojos sin desprecio a los que son distintos y, quizá quizá, tratar de comprenderles o, en un arrojo de valentía, sentirse distinto de los distintos en lugar de ser norma frente a la excepción tolerada.

[Originalmente publicado en abril de 2005 en Xanga]