Yo, señores, soy de Burundi. Burundi es para mí, cómo decirlo, es un no sé qué, es una unidad de destino en lo universal, es mi patria, mi aldea, mi tierra, mi lengua y mis antepasados. Es tener unos genes totalmente distintos de los de Botswana o de Uganda, por no decir de los de Senegambia. Es un ser distinto. Es un ser mejor.

Tengo, además, un gran mérito por haber nacido en Burundi: los que han nacido en otras tierras, otras patrias, otras aldeas, lo hicieron por azar cósmico, pero no señor, los de Burundi podemos estar orgullosos de ser de Burundi porque tenemos un gran mérito en esto ¿saben? No sabría cómo explicárselo pero la cosa es que estamos orgullosos de ello: hemos hecho, por ello, un himno nacional que cantamos cuando nos place, una bandera nacional que ondeamos en los partidos de fútbol y que llevamos -pequeñita- en la solapa de la chaqueta, un Tribunal de Burundi que juzga mucho mejor que los de Swazilandia o Isla Mauricio, y ¡ah! una Cámara de Representantes de Burundi y un Gobierno Autonómico de Burundi y toda una Administración de Burundi, con sus pequeños Ministerios, Secretarías, Subsecretarías, Delegaciones, Subdelegaciones, Comisiones, Subcomisiones y de todo loque se pueda desear para dejar constancia en el planeta de lo orgullosos que nos sentimos los de Burundi de ser de Burundi y no de alguna otra parte.

Tenemos ¡ay! un problema, y es la opresión a que nos vemos sometidos por los pueblos, simples aldeas, de los territorios vecinos: esos sí que son territorios, no patrias como la nuestra. Nos oprimen, miren ustedes. Vivimos en un sinvivir por su culpa. ¿Que qué hacen? ¡Se mean río arriba! Hemos pensado en hacerles la guerra por mearse río arriba: ganaríamos porque nosotros tenemos una patria, y eso nos da la razón, mientras que ellos son al fin y al cabo los territorios vecinos, que es decir nada, y no llevan razón. Tras la victoria, haríamos esclavos para nuestras fábricas en Burundi; les obligaríamos a hablar nuestra lengua, a comer nuestros platos típicos, a ser juzgados por el Tribunal de Burundi y a pasar por las ventanillas de la Administración Autonómica de Burundi. Estos esclavos, con el tiempo, se volverían casi como los de Burundi de buenos; pasadas dos ó tres generaciones de esclavos, cuando ya nadie se acordara de si su abuelo nació en Burundi o en Costa de Marfil, los descendientes de los esclavos de la Guerra de los Meones se sentirían realmente de Burundi, serían realmente de Burundi, podrían sentirse orgullosos de ser de Burundi y no de alguna otra parte, y sabrían que si son de Burundi, repito, unidad de destino en lo universal, es algo en lo que ellos tienen un gran mérito.

[Originalmente publicado en enero de 2005 en Xanga]