Acabo de enterarme de que le han dado a Rafael Sánchez Ferlosio el Premio Cervantes 2004, de modo que como tenía programada una invectiva sobre el chándal, ahí va un texto suyo que no tiene nada que ver:
Borriquitos con chándal
Rafael Sánchez Ferlosio
1(Estado de la cuestión). Parece que sigue estando en discusión la dualidad entre enseñanza pública y enseñanza privada. Al distinguir la segunda con la sola determinación de «privada» se pasa en silencio el rasgo en que habría que haber puesto antes el acento: «de pago». Como tal discusión se ha centrado en la reivindicación del derecho de la libertad de enseñanza, se ha dejado de lado este factor principal: que los papás y mamás que reclaman la libertad de elegir para sus hijos la enseñanza que crean conveniente tienden a mandarlos «a colegios de pago». Sólo los de mi ya avanzada edad recordarán el enorme valor que tenía la fórmula «Un muchacho educado en los mejores colegios de pago», como una credencial cotizadísima no sólo para lograr un puesto sino incluso para contraer matrimonio. La diferencia está en que mientras hoy hay muchos colegios de pago, y que pueden por tanto contratar profesores más caros, que están en manos de laicos, en mis tiempos casi todos los colegios de pago eran de religiosos. Y esta diferencia aparejaba, además, lo siguiente: un colegio de jesuitas, por ejemplo, sacaba todos sus profesores, salvo raras excepciones, de la propia Compañía de Jesús; profesores, que, al estar sometidos al voto de pobreza, no recibían remuneración alguna, de modo que los colegios de pago de los jesuitas, por mucho que la Compañía se reservase un mayor o menor porcentaje de ganancia para las atenciones y finalidades de la propia institución, podían mantener los precios a un nivel por lo menos relativamente bajo, aparte de admitir un cierto número de becarios. Conozco algún ingeniero becario del ICAI que guarda un gran recuerdo de gratitud por el comportamiento y las atenciones que tuvieron con él los jesuitas. Por otra parte, estaría muy equivocado el que pensara que aquellos profesores jesuitas, sin salario alguno, fuesen mínimamente incompetentes en sus asignaturas respectivas; por el contrario, yo mismo, habiendo estudiado cuatro años en el internado de Villafranca de los Barros, puedo dar fe de la excelente calidad académica que en todas las asignaturas exigían y lograban los jesuitas de su profesorado. (Lo cual, por lo demás, pertenece a la gran tradición de la Compañía de Jesús, que desde su fundación cuidó de manera insuperable el saber de sus profesores, y al prestigio académico de sus aceleradamente crecientes fundaciones escolares se debió el inmenso papel de recuperación católica que se le reconoce en la Contrarreforma; recuperación de elites, desde luego, pero no por vanidad mundana, sino por pensar que dada la importancia capital de la opción religiosa de los «príncipes cristianos» y de sus Cortes, había que empezar por «los de arriba»). Otro caso algo distinto era el de los colegios de pago femeninos de las monjas del Sagrado Corazón, cuyos estatutos obligaban a admitir una becaria por cada niña de pago que tuviesen, de manera que la matrícula de cada niña rica costeaba a la vez la enseñanza de una niña pobre. Hasta aquí todo muy monamente cristiano, salvo que la segunda parte era que las alumnas pobres, vulgarmente designadas como «las gratuitas», traían unas batitas de rayadillo muy modestas frente a los elegantes e impolutos uniformes azules de «las de pago», entraban y salían por otra puerta diferente y no recibían, desde luego, las mismas enseñanzas: tal vez un barnizado de «cultura general», contabilidad para dependientas de comercio, acaso mecanografía y taquigrafía o bien costura a máquina y corte y confección... no querría ser calumnioso, pero parece que la idea era la de prepararlas para los oficios o empleos «propios de su clase», a lo que hay que alegar que las grandes diferencias de clase y económicas no las habían inventado aquellas monjas, sino que están ya en la estratificación, casi fosilizada, de nuestras sociedades, y ellas sabían que las familias pobres necesitan que sus hijos hijas, en este caso se pongan a ganar un sueldo lo más pronto posible. Peor estaban las cosas, sin embargo, en algunos colegios de monjas de otras órdenes menos distinguidas que la del Sacre Coeur: allí «las gratuitas» ejercían literalmente funciones de criada con respecto a «las de pago», aunque, eso no, no cada una de ellas individualmente adscrita a una determinada niña rica, como en los conventos de Damas Nobles de nuestro siempre admirable Siglo de Oro, donde aquellas señoras solían entrar en religión con todo un «cuerpo de casa» adscrito a su servicio personal. «¡Hasta ahí podíamos llegar!», dirán ustedes. Ya me hago cargo, ya. Por lo demás, la que parece que ya entonces lo tenía bien claro, era Santa Teresa: «¿La duquesa monja? ¡El convento está perdido! dicen que dijo cuando la Princesa de Éboli Duquesa de Pastrana anunció su intención de meterse a carmelita descalza. Pero la vocación se le voló tan rápida como le había venido.
Biografía del autor:
Rafael Sánchez Ferlosio (räfäĕl´ sän´chĕth fārlō´syō) nació en Roma en 1927, de padre español y madre italiana. En 1952 publicó su primer libro, Industrias y andanzas de Alfanhuí. Cuatro años después, en 1956, publica El Jarama, que obtuvo el Premio Nadal y el Premio Nacional de la Crítica, y se convirtió, desde su aparición, en uno de los títulos claves de la narrativa española del siglo XX. También como novelista ha publicado El testimonio de Yarfoz. Entre sus obras de ensayo cabe destacar Vendrán más años malos y nos harán más ciegos (1993), que ganó los Premios Nacional de Ensayo y Ciudad de Barcelona en 1994, y El alma y la vergüenza (2000). Colabora habitualmente con la prensa nacional.
[Originalmente publicado en diciembre de 2004 en Xanga]