Mi viaje a China (1ª parte)

Desde que dí el otro día con una antología de poesía china traducida por Marcela de Juan estoy un poco obsesionado con la materia china, leyendo todo lo que pillo, incluyendo un bestseller llamado "Todo bajo el cielo", de Matilde Asensi, y un Tao Te Ching en traducción de Iñaki Preciado. Me asombró la vida de doña Marcela de Juan (Ma Cé Hwang en chino) de modo que empecé a leer su autobiografía, de donde sacaré algo que luego comento.
Pero estoy tan en ello que he decidido no ir a China. Tengo cada vez más claro que prefiero saber lo que me cuentan las novelas fantásticas y las poesías de hace dos mil y pico de años que lo que se pueda cocer por allá. No necesito ir a la luna para parecer lunático ¿no? Pues lo mismo con la China.
Contaré ahora cómo son las oposiciones en China. O cómo eran hace 100 años, que es lo mismo (en una civilización de más de 4.000). Lo contaré para alivio de opositores españoles, aprobados o suspendidos.
Oposiciones al mandarinato:
"A los quince años (Hwang Lü He) aprobó en Han Cheu un primer examen, después del cual podría presentarse al examen final. En el Gran Salón de Oposiciones se reunieron los diez mil candidatos de toda la provincia de Che Kiang; a las dos de la mañana se cerraron las puertas, y a las cuatro empezaron a pasar lista. Esta ceremonia duró largas horas. Los candidatos estaban tensos y nerviosos; unos reían, otros guardaban silencio, algunos se irritaban. (...) Cualquier chino podía aspirar al mandarinato, excepto los campesinos, los músicos, los actores, los esclavos, los verdugos, los mendigos, los jueces.
Mi padre esperaba ansioso que llamaran su nombre, y, mientras tanto, como lo había hecho tantas veces, repetía de memoria cada línea de su trabajo. este trabajo tenía que contener un determinado número de caracteres y terminar en determinado sitio de la hoja de papel, sin llevar la menor corrección o tachadura (...)
Mi padre había llevado sus propios pinceles y su tinta china, pues el papel lo daban los examinadores. Durante un periodo de dos meses se celebrarían dieciséis sesiones al día, y cada sesión duraría un día entero.
Cuando penetró en su celda (cubículo de cinco pies por tres, donde había de pasar la noche) mi padre se entusiamó con el tema: comentar la máxima del filósofo Mencio: "Aunque seas su superior, si no te das cuenta de lo que experimenta el hombre corriente, no eres hombre cabal". (...)
Por fín aprobó este primer examen que le permitía ir a Pekín a someterse al examen final (...) Allí, la pequeña celda donde habría de pasar tres días era aún más angosta (...) En esa celda estuvo mi padre tres días con sus tres noches, como dije antes, y al fín salió triunfante del examen con el título de mandarín y con derecho a la primera borla del sombrero. Obtuvo así el grado de siu t'sai, "Talento Magnífico".
Ahora, que sepáis, que "mandarín" es una palabra despectiva que comenzaron a usar los primeros portugueses que desembarcaron en China para designar a los funcionarios ("mandamases" habría sido en español) y que a los chinos les sigue molestando este término. Y lo de la bolrla del sombrero ya lo investigaré y os contaré.
De momento ¡hala, a disfrutar!



No es el Registro Civil, que debe de estar como 
